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¿Acaso éramos ‘la pareja gorda’ para nuestros amigos?

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Aun así, mientras me cortejaba, me hizo la tarta de crema de banana más deliciosa de mi vida, con una capa de ganache de chocolate entre la corteza de galleta y el relleno de banano. Este hombre tocó una banana por mí, repetidamente, y eso significó mucho para mí.

Jason también fue el primer hombre con el que salí cuya presencia no me hizo sentir avergonzada por mi cuerpo. Ambos habíamos interiorizado la vergüenza a la gordura, pero cuando estábamos solos, era como si nos anuláramos mutuamente. Pedíamos alitas y papas fritas con chile y queso, y veíamos dos películas en una noche. Yo me sentaba a su lado y no me obsesionaba con el aspecto de mi doble (o triple) papada. Cuando nos acurrucábamos en la cama, él podía apoyar su mano en mi amplia barriga sin que yo tuviera que empujarla sutilmente a una zona menos problemática. Porque entre los dos, yo era la que estaba más cerca de un “cuerpo de talla promedio”.

Y digo más cerca, no cerca.

Desde la universidad, he tenido un índice de masa corporal de “obeso” a “obeso mórbido”, una medida que, en el mejor de los casos, es inexacta y, en el peor, racista. Creado por un matemático belga, su promedio se basa en la estatura y el peso de hombres blancos europeos.

Yo era lo que algunos en el movimiento de positividad corporal llamarían una “gorda mediana”. Para una mujer, eso es una talla 44 a 48. Hay opiniones divergentes sobre cuántas “categordorías” hay, pero llegan hasta “infinitamentegordo” o “mortalmentegordo”, un término de la escritora Lesley Kinzel, con el que se burla del también muy sospechoso concepto de “obesidad mórbida”.

Durante los meses que Jason y yo salimos, me di cuenta de que estaba engordando, y con esa conciencia llegó una profunda sensación de temor por lo que pensaban de nosotros los demás. Cuando entrábamos en un restaurante, me imaginaba a los demás clientes pensando: “Dios, espero que nos dejen algo”. Cuando íbamos al supermercado, notaba que la gente se esforzaba por ver qué había en nuestro carrito para identificar todo lo que no debían comprar.

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